Fue una mañana extraña. Llovía sobre Neguri, todavía no había amanecido pero salí igualmente a la terraza, piedra, madera y forja sobre el acantilado de la bahía de Abra. Llovía sin coraje, marzo sonreía, el Atlántico huele diferente. Neguri es ese pequeño barrio burgués de Getxo que en euskera vendría a traducirse como “ciudad de invierno”. Como la vida es una serendipia infinita vuelvo a un texto de Paul Auster, tengo ese libro descargado en el Kindle: Diario de invierno, es que me arrebata su comienzo: “Piensas que nunca te va a pasar, imposible que te suceda a ti, que eres la única persona del mundo a quien jamás ocurrirán esas cosas, y entonces, una por una, empiezan a pasarte todas, igual que le suceden a cualquier otro”. Dicen, en el mundo editorial, que las primeras líneas son fundamentales, yo tengo mis dudas, pero qué sabré yo. Aldo García, de la librería Antonio Machado, me comentó que tan solo son necesarias un par de frases para intuir si sí o si no. ¿Con las personas es igual? Uno de mis arranques favoritos es sin duda el de La única historia de Julian Barnes: “¿Preferirías amar más y sufrir más o amar menos y sufrir menos? Creo que, en definitiva, esa es la única cuestión?”.
Me gusta Bilbao, me gusta su cortesía, me gustan sus calles, me gusta su tempo. La camino sin prisa, siempre compro algún libro, el café en Cokoon, pero hoy me queda poco tiempo para la vida diletante. Soy un maestro del autoengaño: esa es la realidad que anhelo transitar, no la mía. Disfruto mucho la charla con Cristina Maestro en Radio Popular, allí conozco también a Asier Muniategi, coordinador de la Feria del Libro de Bilbao, será en el paseo del Arenal, frente a la ría. Una de las preguntas de Cristina me pilla con el pie cambiado: “¿Cómo se sale de la zona de confort?”. Le pregunto antes —es un programa en directo— si puedo contestar desde el corazón: “Pues claro, Terrés, estás en casa”. Eso hago: “No tengo la más mínima intención de salir de mi zona de confort, me ha costado una vida habitar la calma, joder. ¿Por qué querría salir de ella?”. Sonríe. Creo que piensa lo mismo, que qué pereza con tanto crecimiento personal, con tanto notas iluminándonos desde su atril preñado de humo: “sal de tu rutina”, “desafíate a ti mismo”, “no te conformes”, “el crecimiento exige sufrimiento”, qué cansinos por Dios Santo. Yo no quiero sufrir ni crecer: yo quiero beber vinos ricos, una manta en invierno, coleccionar ratitos buenos, que suene la música, que prenda la candela. Me gusta la definición de la psicóloga Ingrid Pistono: “La zona de confort es un estado psicológico en el que nos sentimos cómodos, protegidos y seguros”. Esa es básicamente mi idea de la plenitud.
Es imposible no hacerlo así que lo hago: en el avión de vuelta comienzo una nota en el móvil titulada exactamente así. Mi zona de confort. Negro sobre blanco, esos lugares donde me siento a salvo. Laura es mi casa. Que sea ella por tanto el comienzo —y ojalá también el final. El paseo de cada tarde, mi mano sobre la suya, el mar nos acompaña en silencio. Hablamos de las cosas del día. A veces pasamos por Consum, compramos cuatro cosas, preparo una pizza, hay un nuevo capítulo de White Lotus, abro una botella de Viogner, dónde narices voy a estar mejor. Cuando alborea, cada mañana, y Eire (nuestra segunda gatita adoptada, que casi desde que llegó a casa llamamos Purrún) se recuesta en mi regazo, ronronea, me muero de amor con ella, leo alguna columna de Lorena G. Maldonado, subrayo una frase, pero podrían ser mil: “Ya no sabe qué inventarse para dejar de sufrir: quizás habría que dejar de tenerlo todo”. Lorena es amiga de Alberto. La segunda tarde de nuestro fin de semana en Alcossebre, esa rutina elegida con mi pana, este año será el sexto. La segunda tarde porque estamos ya instalados, todo está bien, hay libros sobre la mesa, vasos de whisky, cada uno está a sus cosas, el silencio es belleza intangible, suele elegir él la playlist. Hacemos exactamente lo mismo cada año. Cuando duermo en el campo con mi madre, me levanto a las siete, todavía es de noche, preparo el café, hablamos de nuestras cosas, a veces se sienta a mi lado, su batín de franela, casi siempre vuelvo a casa llorando, me siento roto, no me cabe dentro tanto amor. Vuelvo al arranque de Julian Barnes, es tremendo porque también, de alguna manera, te susurra el final: “La mayoría de nosotros solo tiene una historia que contar. No quiero decir que solo nos sucede una vez en la vida: hay incontables sucesos que convertimos en incontables historias. Pero solo hay una que importa, solo una que a la postre vale la pena contar”. Esta, este amor, es la mía.
La zona de confort es un refugio tibio, pero también un eco que repite lo mismo una y otra vez. Salir duele, sin el roce de lo nuevo, la mirada pierde brillo, a mi me gusta salir de ella en momentos puntuales y saber que siempre está ahí para acogerme cuando lo necesito. Y es lo más bonito, saber que puedes volver.
Curiosas las personas, desde que transito por la calma, tengo muchas más ganas de crecer y evolucionar, siendo consciente de esa tranquilidad y apoyo que me da la calma. Crecer y evolucionar pero sin dejarla atrás. Feliz sábado a todos.